Bosque Protector

¿Eres malo, como nosotros?

Era una noche cálida, de suave brisa, y alegría inmensa para Robuán, el Esquinillo. Como es imposible que conozcas a ese tipejo por su nombre, y casi imposible por su apodo, te diré que lo llamaban así por su costumbre de esconderse tras una esquina para acechar a las víctimas de sus robos. Era un tipo delgado, recio y de una mirada tan inquietante que se cubría con un gigantesco sombrero para no ahuyentar a los perros.

Pues bien la alegría del tal Esquinillo residía en que acaba de escapar de la ciudad de Brispuk con una bolsa repleta de joyas. El mejor robo sobre todos los años —pensaba; errores gramaticales incluídos.

Lo cierto es que de esas joyas la mitad eran un poquito falsas y de la otra mitad muchas eran de las baratas. Aún así Esquinillo podría sacar mucho dinero de ellas. Y es que estaba dotado con una lengua dulcemente venenosa capaz —según sus mentiras— de convencerte a ti de que le pagaras por usar tu cama. No tanto, por supuesto, pero era cierto que para él la mentira era un hábito consolidado que hasta su propia mente se liaba.

Aunque, como dijo el sabio, «no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Y la razón de que hubiera salido de la ciudad es que las magistradas de justicia le habían advertido, en tono bien severo, que la próxima vez que le pillaran los guardias no iría a la picota, sino directamente a las minas de plata, como esclavo encadenado. Ya habían designado a la guardia más hábil para el cometido de conducirle al juicio.

Perdido en el bosque

Como la cárcel es dura y triste el Esquinillo, lo dejó todo preparado para huir. Al ser descubierto en su último robo corrió hasta su cubil secreto en las alcantarillas. Ahí recogió los tesoros acumulados en toda una mala vida, y, sabiéndose reconocido y cuál sería su futuro en la ciudad, huyó por los hediondos pasadizos, salió de noche por el desagüe que contaminaba el río y no dejó de correr hasta llegar al bosque.

El Esquinillo no había salido nunca de su ciudad. De Brispuk se sabía cada callejón, tienda, casa e institución, incluyendo, bien por dentro, los calabozos. ¿Pero de extramuros? Apenas se sabía los nombres de las ciudades cercanas: al sur Uis, al norte Aua y después Lwgar, que quizás conozcas. ¿Y de los bosques? Se limitaría a un no sé… un parque con más árboles y ciervos y esas cosas.

Aún así, como temía que los guardias lo persiguieran por los caminos, decidió que cruzar los bosques de noche no sería tan difícil. Si un ratón puede hacerlo y es tonto, yo, que soy muy avispado, de problema no tendré ni cuarto.

De hecho, cuando llegó a cierto bosque escalofriante se sintió el hombre más afortunado de Brispuk. Todas esas ramas muertas y aquellas viejas zarzas le darían muy buen fuego. A la lumbre tendría un descanso perfecto, defendido de bichos grandes y pequeños, y también del frío. ¡Mucho peor había dormido en celdas con el petardeo de las judías de apestosos borrachos!

Además mañana, estaba convencido, llegara a Uis, a vender su botín y seguir pillando. ¿Qué le podrían quedar, ochenta kilómetros? No sabía qué significaba eso caminando, pero se le antojaba que podría cubrirlo en horas, cuando, en realidad, estaba perdido…

Entre monstruos

Estaba recogiendo la leña del bosque cuando una de las ramas putrefactas le agarró el tobillo izquierdo hasta hacerlo crujir.

—¿Eres malo, malo eres…? —Le preguntó una voz quejumbrosa— ¿eres malo como nosotras?

El Esquinillo bregó hasta liberarse, y, aún con el tobillo ensangrentado salir corriendo. Aterrorizado, enseguida tropezó con otras dos ramas que, como si fueran esqueletos escapando de la tumba, surgieron de la húmeda hojarasca.

—¿Eres malo, malo eres, eres malo como nosotros?

El Esquinillo saltó a correr sin pensar ni en los golpes que se habían llevado sus rodillas ni en su tobillo tambaleante. Quince años antes, siendo un chiquillo, había escapado de los guardias con un brazo roto.

Pero esta vez no escaparía: ¡Bran! Volvió a tropezar, dándose en el pecho. Intentó levantarse pero su pie derecho se negó a moverse. Una rama le había atravesado el pantalón, pinchado el muslo e inyectado cierto veneno verde que ya fluía en sus venas.

¡Oz voy que'ja mattá! —Exclamó en jerga de ladronzuelos.

Justo ahí le falló la otra pierna y se derrumbó tumbado boca abajo entre setas humeantes y troncos muertos, totalmente indefenso.

¿Eres malo, malo eres, eres malo como nosotros?

En cada árbol muerto nacieron, como ardientes ojos, dos ascuas brillantes, y poco a poco, lentos como gusanos los tronos se estremecieron y respiraron. Así se revelaron como las criaturas malvadas que los libros perdidos llaman denblos.

Finas ramas eran sus muchos brazos, gordas raíces sus pies, setas venenosas sus cabellos, corteza su piel y de hedionda madera cubierta de escarabajos sus mejillas. Las arañas los vestían con seda en la que se retorcían angustiados docenas de bicho. Nada había visto el Esquinillo, y había visto mucho, que le aterrorizara más que esas torpes criaturas que se le acercaban cantando —¿Eres malo, malo eres, malo eres como nosotros.

El Esquinillo se desesperaba. En su vida de ladrón de ciudad no había sitio para la magia. Había oído cuentos de trasgos, pero los que veía no se parecían a los de sus cuentos y, de todas formas, paralizado como estaba, ¿qué podía hacer?

Recurrió al engaño. De niño grandes mentiras le habían salvado de algún problema con sus pequeños robos, ¿cómo no podrían ayudarlen con estos lo-que-fueran que no le conocían todavía y que parecían mas tontos que?… que, bueno, que un tronco podrido.

—Saludos a vuestras señorías, perdonadme, no me habían dicho que este rincón era vuestro.

Los denblos se detuvieron con chirriantes crujidos, restaurando la confianza del embaucador en sus palabras.

—Vuestras señorías, ayúdenme en mi aflicción. Estoy perdido. Quiero llegar a Uist, ciudad noble y aventurada. Si me revelaran su ubicación e indicaran para donde tengo que tirar, les corresponderé con una liberalidad sobrecogedora. Lleguemos a un acuerdo de interés mutuo.

Los denblos volvieron a andar sin responderle.

El Esquinillo, que nunca se daba por vencido en cosas de mentir, siguió hablando, inventando promesas cada vez más generosas. Podría haber prometido un castillo y dos ciudades; daba igual, no las pensaba cumplir.

Pero los monstruos siguieron avanzando.

—¿Eres malo, malo eres, eres malo como nosotros?

—Mis señorías, ¡un momento! Escúchenme, por favor, no sean descorteses, mis señores caballeros, les ruego que… —Un denblo, grandioso como un roble, tomó al Esquinillo de las axilas y lo alzó a doce metros del suelo. —¡No, no! ¡Piedad! ¡Escúchenme!

—Responde tú, nosotros te preguntamos. Responde tú, nosotras te advertimos. Respóndenos o escucharás el crujido de tus piernas cuando te las aplastemos, respóndenos o en tus orejas anidaran los cuervos.

Y todos los denblos, como un coro siniestro y cadencioso repitió sus palabras: —Responde tú, nosotros te preguntamos. Responde tú, nosotras te preguntamos. Responde o te mataremos. ¿Eres malo, malo eres, eres malo como nosotros?

La mente del Esquinillo se aceleró. ¿Qué embuste sería el más eficaz? ¿Se enfrentaba a espíritus de la justicia dispuestos a condenarle? Sí, eso deberían ser —se figuraba— y si estaba en lo cierto nunca podría convencerles de su inocencia. Mejor mostrarse arrepentido y esconder sus peores delitos.

—Oh, este despreciable engendro que soy no debe compararse con vuestras señorías todopoderosas. Aquí no he hecho nada. Alguna persona excesivamente rígida y besa-togas podría argüir que con la ley humana he tenido algún tropiezo. Nada serio, en lo más profundo de la alcantarilla de mi alma soy bueno. Alguna canallada habré cometido en este mundo lleno de delitos, supongo, pero cositas pequeñas de buscarme la vida, como todos, ¿verdad?

Silencio y miradas frías; el ladrón continuó.

—Nunca me he chivado de nadie salvo que no tuviera más remedio. Así soy yo, un hombre pequeño, sin importancia, ni un ángel ni un demonio, ¡qué cosa más absurda que me tenga que ver tantas veces y tan injustamente acusado! Mis delitos, pequeñitos como topillos, bien que los he pagado encerrado en celdas oscuras, desde chiquillo, con monstruos humanos que hacia malos caminos me encaminaron.

De esa última frase se sintió muy orgulloso, ¡qué arte literario tenía!

Uno de los denblos se rascó las setas del tronco, que salieron volando con alas y todo. —¿Será que no es malo, que no es tan malo como yo? ¿Nos lo llevamos, malvadas compañeras, nos lo llevamos, malos amigos, al llano de la paz?

—Al llano de la paz, al llano de la paz —repitieron denblas y denblos.

Esquinillo se río. ¡A esos bobos los voy a encantar!

Tardaron un poco porque los denblos se asemejan a árboles zombis, pero al fin pillaron por los brazos al ladrón y empezaron a arrastrarlo por el bosque.

El Esquinillo se alarmó. No sería tan fácil librarse. ¿Los monstruos se habían referido a la paz de una bebé dormida o a la de un cementerio sin fantasmas? —¡Ay! Señorías, ¡cuidado, que soy de carne! ¿A dónde me llevan?

Para los denblos sus palabras podrían haber sido la canción de un grillo. —A las sabias que verán, a los sabios que dirán si eres malo, malo eres, tan malo como nosotros… o peor.

El juicio

Caminaron los denblos hasta llegar a un claro cubierto de cenizas y esperaron sin atender a las quejas, denuncias y lloros de su prisionero. Por fin enmudeció Esquinillo de puro agotamiento.

La luna bajó del cielo al suelo y donde desapareció nació una fuente y alrededor de la fuente aparecieron diez mil y doce criaturas de luz: un búho, una loba, una gorriona, un ratón, un conejo, un zorro, una hembra de topo, un lagarto, una mosca, una cierva, una comadreja —que era chico— un dodo zombi y una nube de diez mil sedientas mosquitas de los páramos.

Y como los denblos volvieron a cantar, las criaturas de luz proclamaron —No, no somos malos, malos no somos, pero ustedes sí.

—Aquí hay uno, aquí uno hay, os lo hemos traído —replicaron los denblos— lo hemos arrastrado a vosotros, que puede ser malo, como nosotros somos, o incluso peor. —Y con esas palabras los denblos se apagaron dónde estaban.

Entonces la nube de mosquitas del páramo voló silenciosamente hasta el pobre Esquinillo, paralizado de miedo y veneno, se posaron por todo su cuerpo cubriendo hasta el último puntito de piel, para darle, cada una de ella, un suculento bocadito, mientras se turnaban para contarle el cuento del bosque.

—Hace mil generaciones cien familias de personas-animales, con cachorros y madres se refugiaron en nuestro bosque, huyendo de la ciudad. Y fueron fieles a nuestras leyes. Pero humanos malos y tontos los persiguieron, y los cazaron y los quemaron sus madrigueras con los cachorros dentro y cometieron toda clase de groseros crímenes hasta que su propia maldad despertó nuestra maldición. Desde entonces los malvados en troncos podridos se convierten. Ése es tu destino.

Los denblos añadieron —Así fuimos, por eso somos, así hicimos maldad, así la maldición nos hizo.

—Recibiste la pregunta —dijo la cierva al ladronzuelo— que no has contestado, pero ahora la verdad veremos. Mosquitas, volved y contadnos que sabores os ha traído su sangre.

El Esquinillo chillaba de miedo y dolor. —No soy malo, ¡no como ellos! A lo mejor he pillado alguna cosa que no era mía cuando tenía que comer y era un niño pequeño, solo, triste y huérfano, aunque muy guapo, y mi madre me pegaba con ruindad.

Entonces una de las mosquitas voló a la fuente y en el chorro dejó caer una de las gotas de sangre que había probado. El agua, teñida de rosa, mostró la imagen de un Esquinillo mucho más joven saliendo alegremente de una celda, mientras que a una adolescente la empujaban los guardias adentro.

—Oh, pero eso fue cuando salí de los calabozos de Brispuk. Y eso es algo bueno, ¿no? Ya había terminado mi sentencia y me había reformado. ¡Un preso modelo!

—La mujer era inocente —dijo la hembra de topo que veía con el corazón mejor que nadie más con los ojos.

—Ah, puede que lo fuera, esa vez.

—Y tu amiga.

—Eso no se ha probado. Pero aunque se «aprobara» no por eso me puedes echar sus culpas.

—Y tu amor. —Ahora un enfado frío y tenebroso sacudió al búho.

—¿Amor? Creo que ella me creía su amante pero nunca me preocupé mucho por esa crédula bobalicona. —El Esquinillo pensaba que así se escurría de alguna acusación pendiente de llegar.

—Por fin dices media verdad —intervino el ratón— porque para librarte tú la acusaste ella de llevarse la jarra de plata que te llevaste del Tribunal Mayor.

—¡Anda! ¿Y cómo puedes saber tú eso, ratón miope?

—Magia, cabecita de garrapata. —El ratón no se pudo contener. Y en ese momento el agua que surgía de la fuente descubrió al ladronzuelo presumiendo de sus mentiras en la taberna más sórdida de Brispuk.

—¡Abuso! ¡Ilegalidad! ¿Cómo puede ser justo que la acusación actúe con magia en estas sacrosantas actuaciones judiciales? Esto quebranta las Convenciones y las Altas Leyes de la Gloriosa y Confederal República Humana. ¡Me indigno!

—Esta no es tu república, ni ningún otro reino ni imperio humano. ¿Eres, entonces, malo, malo como ellos?

—Para nada. Era supervivencia… ese búho, ¿no caza ratones?

—¿Hubieras muerto de no haber incriminado a tu amor?

—Vale, en primer lugar, como ya he dicho y hasta se ha reconocido «ut supra et antes», no era mi amor, solo una chica que me dejaba hacer cosas de enamorados. Luego, ¿qué culpa tengo yo que los tontos guardias me creyeran? Si no me hubieran creído me habría quedado en mi celda y la chica en su casa. ¡Así que su culpa fue! ¡Todo culpa de la tonta y de los guardias! No mía, no soy responsable de lo que hagan los demás. Y por último, ¿alguno aquí ha comido la bazofia que te echan en los calabozos de Brispuk?

Uno de los denblos más jóvenes alzó como respuesta todas sus manos de madera. —Yo sí. Estuve contigo cuando era humano, Esquinillo , ¿te acuerdas de Clavito Tragapanes?

—¡No! ¿Cómo me voy a acordar de ti, si nadie te recuerda, que nunca nada hiciste, ni malo ni peor. ¿Me criticas tú, hijo de media cucaracha y un lagarto gordinflón? ¡Mentiroso! ¡Lengua-fina! Lo que me acuerdo es que te gustaba robar la ropa de los niños se bañaban en el río. ¡Qué grandes adversidades hacías! ¡Y todo por burla! Así has acabado, y aún gracia recibes, pues mucho más castigo merecen tus muchos y grandes pescados pie-tuerto.

El denblo casi consiguió reírse, recordando trastadas infantiles, pero la alegría no está al alcance de los denblos. Además la memoria le trajo delitos más graves que, ya adulto, había cometido.

—¿Es que no se compadecerán de mi, sus majestades? —Dijo Esquinillo .— Yo no… hice… yo no hice lo que hice, ¡Tuve que hacerlo! ¡Era mi obligación sobrevivir! Además, Gran Señor Ratón, lo que no hice fue una sola cosa. Un error tremendo que no hice cuando lo hice, solo un error de juicio. Mi cabeza no funcionó bien ese día. Me pasa que me trabo con mis palabras, que me confundo. Y así también mis pensares. Fue por el miedo, que me engañaba, ¡era su culpa! ¡La de mi miedo, no la mía! Y, por favor, si era muy joven. ¡Debéis dejarme libre! ¡Es lo justo! Si creéis que me debéis alguna indemnización, no os preocupéis, os perdono.

El ratón calló. La cierva fue llamando, una por una, a las mosquitas y cada una agregó otro delito a la fuente. Vieron al Esquinillo robando a un verdadero huérfano, que mendigaba con la pierna verdaderamente rota. Para este caso, como para todo el Esquinillo encontraba disculpa. —Era un gandul, ¡podía haber trabajado con las manos!

Luego apareció el reo quemando una casa, —Estaba desesperado, tenía que distraer a los guardias.

También encontró excusa para la imagen siguiente. Se hizo pasar por uno de esos niños que guían a los extranjeros de noche a las posadas. Pero lo que hacía nuestro Esquinillo era llevarlos a donde unos compinches esperaban para robarle a puñetazos, llevándose él un pellizco del botín. —Se lo merecía, por confiar en mí, ¡había que ser tonto!

Y la lista fue engordando con tantas ruindades y maldades, que hasta el maestro de escurrirse las culpas estuvo tentado de reconocer la verdad.

—Vale, concedo que no soy un buen hombre, pero podemos pactar una sentencia de conformidad, ¿no? Redactad algo y ya si lo veo conveniente os lo firmo.

—¡Te callas! —El chico comadreja explotó.— Es como ellos, malo como ellos.

Y los denblos volvieron a cantar. —Eres malo, malo eres, malo como nosotros.

—Esperen, altas señorías, duquesas, excelencias, os ruego, os mendigo, me postro para que escuchéis las razones de mi inocencia. No soy como ellos, no lo soy porque mi piel no es corteza, ni tengo setas en la cabeza, ¿verdad? y eso significa que…

Los denblos se congregaron a su alrededor y lo arrastraron, otra vez, hasta el corazón mas frío del bosque muerto, donde los robles nacían podridos y circundados de una niebla asfixiante, densa como el alquitrán.

—¡No! ¡Perdonadme! ¡Misericordia! ¡Clemencia! ¡Virtud! «¡Habría Corpus!»

—Eres malo, malo eres, malo como nosotros.

—Como nosotras también y aún más. —Dijeron lo que creo eran denblas.

—No, por favor, nobles criaturas, os bendigo, os mendigo y os vuelvo a bendecir y mendigar. Prometo que cambiaré, lo sé, no miento, por fin no miento, ¡cambiaré!

—Así como dices, y aún más, cambiarás.

Entre ellos

Las diez mil y doce criaturas desaparecieron junto con la fuente y todo lo que tenía un alma pura en ese bosque. Denblas y denblos permanecieron con el condenado.

Robuán, el Esquinillo siguió protestando y maldiciendo, y, a ratos, rogando por su vida. A sus captores les echaba la culpa de todo llorando y suplicando. Desesperado, incluso se atrevió a canturrear magia. —Poderes arcanos del Gran Universo, yo os poseo, obedecedme, dádmelo todo, sed mis sirvientes. ¡Debo escapar! —Pero ninguno de los seres verdaderamente mágicos le escucharon esa noche.

Llegados a un árbol que muchos años antes fue un serbal de flores blancas los denblos proclamaron señalándolo —Aquí terminas.

—¡Qué vais a hacer, desalmados? ¡Colgar a un paralítico? Soy huérfano. Un pobrecín de las calles. Dejadme ir, por favor, dejadme, ya no nos ven esos jueces. Os pagaré, tengo joyas, perlas, ¡dinero! Os… buscaré brujos, sí, os… desmaldecirán, ¡eso es! Seréis pillos de nuevo o mujerracas otra vez, las que las fuisteis… ¡todos felices! ¡Venga! ¡El mundo entero se puede robar si andamos listos!

—Eres malo, malo eres, eres malo, malo como nosotros.

—¡No!

—Clavémoslo.

El hombre gritó, aunque ni sus manos ni sus pies sintieron las puntas de oxidado hierro que los atravesaban. —No sigáis, ¡soltadme! Sé que soy un mentiroso, pero creedme, cambiaré, ¡cambiaré!

Los denblos no respondieron sino que dejaron a su nuevo compañero fijado al árbol mientras volvían, cada una y cada uno a su puesto.

Aún así el condenado siguió gritando, maldiciendo y mendigando el perdón, durante horas y luego días, como si las mentiras aún pudieran salvarle, pero su piel se iba transformando en corteza, setas venenosas poblaron sus cabellos, en raíces tornaron sus pies y decenas de ramas remplazaron sus manos.

Sobre su tronco triste comenzaron entonces a tejer las arañas, y desde entonces se ha unido al coro de los otros denblos prestos para prender al próximo que sea malo, malo como ellos.

Fin